
Creo que fue una noche de septiembre, hace muchos años, cuando perdí de vista mi propio destino. Supongo que perdí la fe... No sé exactamente en qué la tenía puesta, pero la perdí. Creí reencontrarla a ratos por el camino entre los dos años siguientes, pero la volví a perder dos veces más. La primera de ellas fue en enero de 1999, cuando mi abuela se fue de este mundo, de puntillas. La segunda, algunos meses después, durante un verano en el que comprendí que, tal vez, para ser feliz tendría que bajarme del tren, tarde o temprano. Ahora sé que saber bajarse del tren en el momento preciso es un regalo que nos hace nuestra propia inteligencia. Eso sí: nos lo da sin manual de instrucciones. "Sirve para ser feliz", nos susurra al oído. ...Pero ni una pista más.
...El ingrediente 'suerte' también es muy relevante en todo esto, claro; y mi gran suerte, en la historia de mi vida, tiene nombre propio, piel morena y acento genovés. Quién sabe si el rumbo hacia mi suerte lo marcó alguna fuerza desconocida, tal vez oculta en el mar que nos unió. No obstante, el timón de mi propia existencia ya era mío por aquel entonces. Hoy sé que el destino se alía con quien aprende a bajarse del tren con ojos nuevos, y ve luz y belleza donde antes vio oscuridad. Creo que empecé a recobrar la fe cuando los atardeceres de nubes de tormenta volvieron a inspirarme versos, música y dibujos allí donde antes cerraron mis ojos.
La creatividad...
Crear es una suerte... Es jugar a poner belleza sobre belleza, luz sobre luz. No importa si con nuestras obras no llegamos lejos para el mundo; basta que el mundo llegue a nosotros, y su luz escale muy lejos en nuestro interior. El mundo en el que vivimos puede llegar a ser bellísimo... Extremadamente bello.
Y en cuanto a la sociedad... Ésa que llena los trenes y, a veces, aprende a bajarse de ellos, me ha regalado un par de premios literarios por Navidad; me ha puesto una sonrisa en los labios y me ha pagado una ventana de la casa en la que viviré, espero que pronto, en algún lugar de las colinas que se asoman al Mediterráneo norte... Cerca, muy cerca, de esta estampa invernal de Camogli, donde paseé toda la tarde con las otras dos manos de las riendas de mi vida... Donde pasearemos, tantas otras tardes de nuestras vidas.
Raquel — 05-01-2007 09:42:59
Elena — 19-01-2007 09:35:24