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Madrid, sueños, paciencia y autobuses

Archivado en General • Fecha: 13-09-2006 22:24:56



"Papá, ¿por qué no ha parado?", preguntó un niño de 6 años al ver pasar de largo el autobús.

"Porque es gilipollas, por eso no ha parado", respondió el padre.


Este fue el final de mi viaje en autobús, esta mañana. Ahora os cuento el principio... Nada de particular; sólo una crónica cualquiera de un fragmento de jornada madrileña, un día cualquiera a mediados de septiembre. ...Pero había una periodista a bordo... ;) En cuanto a la foto, digamos que es de otro mundo. En fin...

Salí contenta de la cafetería de la Universidad Pontificia de Comillas, de Madrid. Trabajo en una revista para jubilados activos (como los alumnos de las universidades de mayores), y este mes me he inventado un reportaje sobre el contraste de las asignaturas de toda la vida (Literatura, Cultura Clásica, Filosofía, etc.) y otras innovadoras, rompedoras (como 'Previsión científica multidisciplinar sobre procesos de cambio en el S. XXI').

Tras un interesante coloquio con los profesores que derivó en una conversación distendida sobre los años sabáticos y las calles de Roma, caminamos distraídos hasta la parada del autobús. Y llegó el 133, camuflado entre ocho autobuses más. Quienes compartíamos ruta, nos dimos cuenta de que había llegado el autobús sólo cuando cerró las puertas... Y corrimos detrás suyo (sólo cuatro pasos, no más) hasta el semáforo situado a escasos dos metros de la parada, pero el conductor no quiso abrirnos. No entendimos por qué.

Nos fastidió, porque somos madrileños con prisas, casi siempre. ...Pero también pensamos que, tal vez, abrir la puerta a más de un metro de la parada constituía una imposición reglamentaria, castigada con multa para él... (en efecto, así es).

Olvidamos el incidente a los quince segundos, y subimos -quince minutos más tarde- al siguiente autobús. Fuimos hablando de Madrid, compartiendo plenamente la tristeza por la deshumanización que está sufriendo nuestra ciudad y, sobre todo, su entorno; por lo absurdo de seguir construyendo y destruyendo en medio de la más absoluta congestión...

Fue un desahogo compartir con otros madrileños mi exacta visión de horrores como los monstruosos rascacielos nuevos del embudo sin salida que ya era Plaza Castilla; el rediseño -a la grande y 'a la moderna'- de nuestra Plaza de Colón, que perderá toda su esencia, o el entresijo de intercambiadores nuevos, subterráneos, en las tripas de nuestro sobreexcavado subsuelo.

La impunidad de la peste inmobiliaria, la precariedad laboral y los monopolios financieros centralizados han devorado Madrid. Nos la han arrebatado a los madrileños. Se ha convertido en una ciudad sin alma que tan sólo conserva parte de su esencia en torno al Madrid de los Austrias, donde jamás podríamos poner un pie (dentro de una casa) la auténtica clase media. Para nosotros queda una periferia infinita, cientos de distritos y municipios rodeados de asfalto, ladrillo y hormigón. (Eso sí, se va poniendo césped en las glorietas, aunque falte el agua).

El césped y las flores de temporadas atufadas por el tráfico no arreglan el problema. Las grandes ciudades siguen siendo un error.

"La gente está nerviosa... Está a la que salta, ¿no os dais cuenta?", comentaban mis compañeros de viaje. Nosotros, madrileños, que siempre nos hemos caracterizado por ponerle al buen tiempo mala cara... Nosotros, madrileños, que tragamos con todo lo que haya que tragar. ...Y en medio de nuestras palabras, seguía entrando gente, y más y más gente, en el autobús. A lo lejos, ví que nos seguía otro 133, vacío.

Cuando llegamos a mi parada no cabía un alfiler. El conductor dio la curva, frenó y nos hizo bajar cinco metros antes de la marquesina... Apenas descendimos media docena de personas de aquella lata de sardinas, el conductor prosiguió, con su autobús sobrecargado y humeante, sin dar paso a la gente que esperaba en la parada. Él sabía que tenía otro autobús detrás; los autobuses disponen de un sistema localizador del resto de la flota.

"Papá, ¿por qué no ha parado?" preguntó un niño de 6 años al ver pasar de largo el autobús.

"Porque es gilipollas, por eso no ha parado", respondió el padre.



Escrito por Elena del Saz
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