
Hace pocos días me comentaba una compañera de trabajo que su cuñada, -una japonesa casada con un español-, lo pasó francamente mal al dar a luz a su primer hijo en una clínica madrileña, ante el poco tacto y la deshumanización de las rutinas clínicas que preceden y siguen al parto. Según comenta, en su cultura abordan este delicado y trascendental momento en la vida de una mujer con una cortesía y una calidez muy diversas a lo que vivió. ...Qué paradoja que en un país característico por sus masificaciones se trate con mayor exquisitez un acontecimiento así, reconociendo su trascendencia individual e irrepetible.
Me río yo de la evolución de las sociedades occidentales en tantos y tantos aspectos. La falta de tiempo y la complejidad de las gestiones múltiples en que nos enredamos sin remedio aún me dejan perpleja. Los horarios de trabajo expresan la contradicción posmoderna entre 'desarrollo' y 'bienestar'. Nos hemos desarrollado, sí, pero no estamos bien. No se puede estar bien cuando el tiempo libre se nos va de las manos en cuestiones básicas de supervivencia y algún conato agotador de vida social.
Somos un poco borregos, es verdad... Pero yo sigo creyendo que el ser humano puede llegar a ser feliz con muy poco... Y es que hay que escuchar a la gente para caer en la cuenta de que, pese a todas las apariencias, los corazones siguen buscando la dicha en la interacción con otro corazón y en la relación con los elementos esenciales que nos brinda la naturaleza... De ahí que tanto el rico como el pobre amen el aire libre, el cielo abierto, la mar deslumbrante... Podemos sentirnos muy bien con muy poco..., la verdad que sí.
El tiempo... Ese sí que es un tesoro en nuestros días, y su abundancia es más fructífera en términos de 'felicidad' que cualquier suma de dinero, si no va acompañado de tiempo. Son abrumadoras las posibilidades de enriquecimiento personal que nos sugiere esta sociedad del conocimiento, que se empeña en despertar nuestro entusiasmo en relación a miles de temas de interés. Todo un apertísimo ámbito cultural para que nos cultivemos y no seamos unos garrulos. ...Y yo entonces me acuerdo del cuento de la Cenicienta... La madrasta no le prohibió ir al baile, pero Cenicienta tenía que terminar sus tareas antes y, acto seguido, hacerse un vestido decente para tan alto acontecimiento. ...Y las tareas no le dejaron tiempo. Yo me siento un poco Cenicienta cuando recuerdo, desde mis obligaciones, los numerosos libros que he acumulado; mis ganas de pintar; mi determinación a montar en bici todos los días; mi voluntad de cocinar mejor; mis deseos de desarrollar un aprendizaje justo y útil en determinadas materias, en definiva. ...Pero me dan las 12... Y el sueño a medianoche me arrolla como si fuera la carroza-calabaza de Cenicienta.
...Eso sí: desde hace algún tiempo me duermo sonriendo, ¡siempre!, ...porque el hada madrina me ha regalado un príncipe que no desaparece a medianoche.
Elena — 08-05-2006 17:16:45
Luca — 09-05-2006 12:57:41
Esther — 31-05-2006 13:26:25