
Hace ya muchos meses, mi mejor amigo me descubrió una canción que crece con cada nota en pasión y energía: 'Margherita', de Ricardo Cocciante. Extraordinaria. Un canto de amor al entusiasmo y a la vitalidad. En el momento álgido de la canción, cuando el cantante vuelca cuotas máximas de sentimiento sobre la figura de ella, dice así: "pintemos todos los muros de casas y callejones, porque ella ama los colores". Dice también que quiere coger flores para Margherita, y construir un lecho en el que amarse al anochecer... Y después, la música y su voz se suavizan en un giro dulcísimo, mientras susurra que la llevará al cielo para regalarle una estrella.
Yo me siento Margherita en este momento de mi vida, y amo los colores.
El pasado fin de semana, mi barco, Anclázena, atracó en el puerto de Barcelona. Qué ligereza le aporta a una gran ciudad la suerte de que el mar le bese los pies...
La brisa era húmeda y el aire templado. Había muchas personas descansado en los bancos del muelle sur, despejado y cubierto por una agradable tarima que invita a caminar descalza, resguardada del viento por paneles transparentes y con una estupenda vista de Mont Juic alzándose al fondo.
Colores...
Del azul y plata del Mediterráneo al verde de la generosa vegetación del Parque Güell... Y allí, de pronto, una explosión de colorido extrardinario. Un toque mágico de fantasía en perfecta simbiosis con la naturaleza y la ciudad. El genio de Gaudí pasando su varita mágica de primavera sobre los materiales que no quería grises.
Creo que amo los colores y que por eso me apagan el ánimo muchos barrios de hormigón que pisotean los bordes de las ciudades, arañando cada vez más metros al medio natural con su pisada gris, implacable, vestida de inmobiliaria sonriente con unas llaves carísimas en la mano. Me pregunto cómo es posible que algunas zonas de la periferia de las grandes ciudades lleguen a ser tan espantosas, y yo misma me respondo: es extremadamente raro que lo que se hace en masa pueda gozar de la gracia de lo natural. ...Pero lo natural cada vez está menos a nuestro alcance.
Sólo nos queda hacer como Margherita: buscar nosotros los colores para pintar de vida la realidad que nos toque vivir, allá donde nos sitúe el destino.
La canción no dice que Margherita viva en un paraíso, pero se intuye que se lo crea ella misma con su actitud, su entusiasmo... Margherita tal vez tenga un poco de Gaudí en su sangre, y Gaudí de Margherita, porque saben hacer uso de los colores. No puede hacerlo cualquiera. Quien no tenga la sensibilidad adecuada quemará los colores en sus manos y aquello que pinte o decore chirriará en nuestros ojos.
Gaudí es un artista. Margherita no, pero no hace falta serlo para llenar la vida de colores y armonía. Basta sentir la propia vida, el regalo infinito de formas, luces y colores de la naturaleza. Respetar esta realidad, mimarla y regar con sus reflejos nuestra realidad puede ser garantía de una plácida existencia en lo que de nosotros pueda depender.
...Y si el destino, la suerte, Dios, las Xanas o los mismos dioses del Olimpo nos conceden conocer la pasión y la entrega que canta Cocciante a Margherita, lloverán colores sin que los busquemos...
Y bastará saber reconocerlos... y recogerlos, como las flores en mayo.
Un amigo — 27-03-2006 01:07:10
Elena — 27-03-2006 09:56:15
Esther — 27-03-2006 17:23:42
Elena — 27-03-2006 19:04:47
Raquel — 04-04-2006 08:18:53