
Esta mañana me han felicitado por primera vez en mi vida por el día de la mujer trabajadora... Y me ha felicitado un hombre.
Su gesto me ha hecho reflexionar acerca de la evolución de la figura de la mujer; de lo que ha conseguido y de lo que ha perdido.
En mi opinión, las espigadoras del cuadro de Millet no representan la dureza de la vida en el campo, como siempre se dice. Sus pinceladas escriben en el lienzo la dureza del ser humano y nos abren los ojos a la explotación padecida por los campesinos durante siglos y siglos de agotadora existencia.
...Y cuando un gobierno socialista (el PSOE andaluz) condecora con la Medalla de Andalucía a la mayor terrateniente de España, la Duquesa de Alba, heredera de 34.000 hectáreas en las que han derramado sudor, sangre y lágrimas generaciones enteras de campesinos pobres, te preguntas por qué el buen criterio es patrimonio de tan pocas personas.
Hoy, un poder fáctico sin gran repercusión, nos homenajea a las mujeres trabajadoras, y resulta abrumador echar la vista atrás y ver cómo han cambiado las cosas para nosotras, las trabajadoras que hemos de ganarnos el pan con nuestro trabajo. Seríamos terriblemente injustas si dijésemos que nuestra vida es más dura que en tiempos pasados, pero la panacea que proclamaban las 'fuerzas feministas extremas' empeñadas en cambiar todas las cosas de sitio, no existe. (Al menos, insisto, para quienes trabajamos y contamos el dinero a fin de mes).
Ha sido una conquista justa y de agradecer, en las sociedades occidentales, nuestra libertad de expresión, de personalidad y de movimiento. Pensar que lo que ahora concebimos como un derecho se nos negaba hace muy poco tiempo invita a reconocer la extraordinaria labor de aquellas mujeres que se dejaron la piel luchando por ello. Sin embargo, el ser humano y el tiempo tienen en común el hecho de ser limitados... Y volvemos a la dureza del ser humano, y de la propia mentalidad social imperante.
En el caso de la mujer actual, las exigencias que nos imponemos y nos imponen hacen de la vida de la urbanita del recién estrenado siglo XXI un sinvivir estresante en la mayoría de los casos, y desquiciante, para muchas más de las que se atreven a reconocerlo. Y es que las dosis de libertad que nos han sido dadas no eran gratuitas. El mundo del trabajo, eminentemente masculino de fondo, nos ha recibido con la siguiente pancarta: "¿Quieres los mismos derechos que un hombre? Pues trabaja como un hombre".
Hasta ahí bien... Pero de repente nos damos cuenta de que somos mujeres, y desde ahí, mal.
Quienes queremos gozar de nuestra femineidad -hoy o mañana- haciendo aquello que el instinto nos pide (realidades a menudo despreciadas por las altas esferas intelectualoides y profesionales, como ser madre, dar vida a tu hogar, con tu presencia, y cuidarte para estar bien) nos encontramos con un problema muy amargo: no hay tiempo.
...Y amarga es la mentalidad que arroja a las mujeres de hoy a esta competición agotadora de brillar profesionalmente, ser madres abnegadas, bellas e inteligentes mujeres, despiertas, ágiles, delgadas, bien vestidas, brillantes en la conversación, permanentemente bien informadas, cultas, modernas... y también clásicas, cuando conviene, porque no me digáis que la sociedad es benévola con una mujer que no sabe cocinar.
...Todo esto procurando no enfermar (está muy mal visto, chicas), cuidar la vida social, actualizar conocimientos, llevar el pelo arreglado, no permitir que crezcan otros malditos pelos allá donde no quedan bien, la piel hidratada, las uñas siempre perfectas, el cutis de anuncio y la celulitis controlada, aunque te pases nueve horas sentada frente al ordenador.
...Y la sonrisa... Esa sonrisa que hace más dulce la vida a los demás, y sin la cual una mujer es menos mujer.
Me pregunto de dónde saca tiempo una mujer admirable y trabajadora en jornada completa para hablar con sus hijos sin mirar el reloj. ...Y de tantos hogares sin tiempo para los hijos nacen los monstruos que nacen.
¡Chicas, chicas! Tenemos que aprender a gestionar nuestro tiempo y a sonreirnos a nosotras mismas, en medio de las prioridades que elijamos. ¡No esperemos a que nos sonrían los demás! Tenemos que felicitarnos nosotras mismas, cada una de nosotras, todos los días... Y no pedirnos más de aquello que podemos hacer bien, y que no nos desborda tanto como para cancelar nuestra sonrisa.
Creo que de todo lo que se espera de nosotras, tal vez sea lo más bello la sonrisa. ...Y además: cuando te felicita este día alguien como quien me ha felicitado a mí, te das cuenta de que el mundo no ha de dividirse en 'hombres' y 'mujeres', sino en personas con sensibilidad y personas sin ella. ...Y si todos, hombres o mujeres, la tuviésemos, no hubiera hecho falta aquella revolución femenina ni ahora sería necesaria esta absurda competición.
Un Amigo. — 09-03-2006 13:10:40
Yoyo — 13-03-2006 23:39:36