
Echar el ancla en Venecia no se parece en nada a anclar en cualquier otro lugar... No sabes qué vas a encontrar debajo del agua. No sabes si la profundidad en ese punto es de un metro o de veinte, y no comprendes cómo sobre una laguna se ha levantado una ciudad bañada en mármol, tan frágil en sus cimientos, tan majestuosa en sus fachadas.
Venecia es como una flor bellísima al borde de un acantilado. Sus raíces, cansadas y deformes, se aferran a un terreno hostil, sumando a su misión el enorme esfuerzo de conseguir que la flor -la ciudad visible a los ojos de la gente- aparezca siempre espléndida. Venecia es como una mujer bellísima que se mueve con gracia por el corazón de una fiesta, cautivando a todos con su sonrisa y escondiendo el dolor dentro de sus zapatos de tacón dorados.
Ésta es la más extraordinaria máscara de Venecia: mantenerse en pie frente a la adversidad sin perder un ápice de su elegante sonrisa, su encantadora altanería. Nadie me lo ha dicho, pero creo cada una de las refinadas máscaras venecianas son hijas de esta realidad; creo que su origen radica en el arte de camuflar lo humano para acercarse a lo divino; el dolor de los cimientos que sostienen el peso de la belleza.
Tal vez sea, Venecia, la metáfora de que, con frecuencia, el dolor y el placer se acompañan, se mueven de la mano por la vida y sus momentos.
Como góndolas, nos deslizamos calibrando fuerzas, pesos y motivos, estudiando el giro apropiado en cada esquina, y a veces -en los mejores momentos- dejándonos llevar, sin pensar demasiado, por el embaucador reflejo del agua al atardecer.
Tal vez Venecia expresa como ningún otro lugar que la belleza tiene un precio que alguien ha de echarse a la espalda, tarde o temprano... Y que quien se aprovecha de ella sin asumir ninguna responsabilidad, nunca la hará suya del todo. Contra todo pronóstico, Venecia sigue en pie porque la humanidad ha apostado por ella.
El sábado al amanecer mi barco atracó en Venecia. No es la primera vez que voy, ni será la última, pero nunca olvidaré esa mañana de Carnaval.
Para mi sorpresa, el Carnaval veneciano no se encierra en los palacios de mirada cortesana, sino que abre las puertas y sale a la calle. La ciudad es un ramo de máscaras y de sonrisas, de trasiego alegre y de silencios que se alternan. La luz te habla en sus laberintos y, si entiendes su lenguaje, vas conquistando los recovecos más bellos con tus ojos, y no te pierdes... Y te guía por sus callejones oscuros y sus requiebros de agua hasta fundirte en un relámpago con el Gran Canal. Es la impresión de quien llega a él después de callejear.
En los últimos tiempos siento que a mi vida le ha pasado justo eso: ha llegado a un gran canal, siguiendo la pequeña luz que encontró, perdida en algún callejón... (y que resultó ser una luz muy grande). El golpe de claridad y la apertura de espacios sobre el Gran Canal expresan cómo me siento ahora, y lo sé, como Venecia, que todo lo grande requiere esfuerzo...
...Pero cuando algo es de veras tan grande, no resulta demasiado duro el esfuerzo por mantenerlo y mejorarlo... Incluso es posible trabajar por ello con una enorme sonrisa... Y con un brillo en los ojos de 'color Venecia', pintado con gotas de sol y rayos de agua sobre nuestra vida.
Un Amigo. — 21-02-2006 20:01:18
Un Amigo. — 21-02-2006 20:02:14
chocoadicta — 22-02-2006 16:58:53
Elena — 22-02-2006 23:04:52
Luca.L. — 23-02-2006 07:36:08
Raquel — 28-02-2006 09:08:49
Marta — 02-03-2006 21:27:42