
No puedo hablar de grandes travesías a mis espaldas, pero sí de pequeños descubrimientos… y de mareas.
El mar no se mueve sólo; se mueve también en tu interior, te arrastra con él aunque no te adentres. Incluso aunque sus olas sean suaves y no te desplace más de unos centímetros, ejerce su fuerza dentro de ti. Puede hacerlo también cuando lo contemplas desde fuera.
No olvidaré el Mar Egeo, ni ese atardecer rojizo de Nauplia, encantadora ciudad griega que esconde una bellísima cala bajo las faldas de un pinar. Cuando sales de entre los árboles y encuentras la playa, la luz de Grecia cae sobre ti como una lluvia de brillantina dorada mientras la tarde va tiñendo el horizonte. El agua es cálida y refrescante al tiempo. Te envuelve en su azul intenso, y sientes que su densidad es algo mayor que la de los mares que bañan nuestras costas españolas. La piel te brilla como la de un pez, y cuando sales, sientes salud y elasticidad en cada centímetro de tu cuerpo.
Menos bucólica es nuestra Costa Blanca… y comparar Nauplia con Benidorm resulta un tanto brusco. Sin embargo, también he vivido momentos de paz paseando por el mirador a primera hora de la mañana, cuando todos duermen; desayunando frente al mar en el bar de Antonio, que me conoce y me prepara una tostada gigante con mermelada de ciruela... y paseando por la suave Playa de Levante cuando acaban de aplanarla las máquinas, y sólo las 4 ó 5 personas más madrugadoras tenemos el privilegio de romper su crujiente capa lisa con nuestros pies. Recuerdo la primera vez que estuve en Benidorm. Era Semana Santa; llegué por la noche para salir de marcha por el paseo con dos amigas, Cristina y Esther. Cayó la niebla y mientras volvíamos al coche me sorprendió la imagen fantasmagórica de los altos edificios perdiéndose en la niebla y el sonido agitado del mar.
La Costa Verde cantábrica es una de las que más me han impactado en mi vida. Siempre recordaré esa primera mañana de agosto en la que paseé con alguien del pasado por la playa de Isla, desierta, bellísima. El agua estaba fría y no permitía el baño, pero nosotros nos sentíamos inmersos en un pequeño paraíso, y no hubiéramos cambiado de ninguna manera aquella visión por cualquier playa masificada ni un baño cálido. Fue una de las mañanas más mágicas de mi vida… Logré disfrutar de cuanto tenía a mi alcance y procuré olvidar por algunos momentos aquello que, inevitablemente, se me escapaba. Yo era la cenicienta de mi verano, y sabía que llegarían las doce… Pero logré sonreir. La vida no me concedió lo que más soñaba, y tal vez lo que yo soñaba era irremplazable, pero el mar me susurró un secreto con su voz de Xana: “soñarás otros sueños, y soñarán tus sueños”, me dijo.
Tras una escala en Benidorm en busca de colores y de luz, de movimientos y de sonrisas ajenos, para ver si aprendía algo, apagué las velas de un aniversario, y encendí las de un lume con ese mismo soplido. Y en el amanecer del 19 de agosto, las velas de la tarta que no compartí se convirtieron en las velas de un barco nuevo, sencillo, acogedor, misterioso… El ‘Anclázena’…
Y sin pensar demasiado, decidí viajar a Génova…
Me recibió Génova con una mañana de septiembre que olía a puerto, a madera y a café. La humedad ligeramente cálida me devolvió al mediodía los aromas del verano. Y la montaña, tal alta y tan cercana, me hizo respirar profundo al atardecer, como no había podido desde muchas semanas atrás.
El mar visto desde lo alto es también excepcional…
Pero ahora debo bajar de este colle y volver a ‘Anclázena’. He invitado a unos amigos a cenar en el Puerto, y debo cambiarme antes. Más tarde, editaré esta crónica y os la enviaré… ¡Mañana toca navegar! …
El rumbo… mmm… Ya se verá.